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El remisero –al que le brotaron dos lamparones en
los sobacos de la camisa– prueba todos los espejos
retrovisores, visualizando las posibles vías de escape
en caso de una emboscada. “Mirá que yo soy chofer,
no corresponsal de guerra”, aclara. “En cualquier
momento pego la vuelta.” Papirola, el manager de Sebastián
Mendoza, escucha el comentario desde afuera, sobre
una apacible callecita de tierra de Barrio Lindo,
en la zona de Monte Grande. “Quedate tranquilo, papá,
que acá somos Coca Cola, nos conoce todo el mundo”,
dice acodándose en la ventanilla. A los costados de
la escuelita Alfonsina Storni, las pintadas de cal
rinden tributo a Damas Gratis, al igual que las mochilas
de las nenas que cuchichean entre risitas cuando Sebastián,
el cumbiero cachorro, salta las escaleras de la entrada
al colegio. Después de firmar autógrafos y generar
un revuelo en hora de clases, el Seba sale acompañado
de Milton (su hermano menor y percusionista) y un
grito de varón se impone desde la ventana enrejada
del primer piso de la Storni: “¡Aguante La Base, puto!”.
Si Sebastián es una estrella romántica en formación,
La Base es la última gran pegada de la cumbia villera.
Mientras el guachín canta “acércate, no tengas miedo,
después de tanto tiempo me debes conocer”, los básicos
arengan: “Argentinos, llegó la hora de jalar (léase
aspirar) y está bien”. Cuando buena parte de la industria
apostaba a que el subgénero bandido y tóxico empezaba
a extinguirse, de pronto ganó territorio una segunda
generación, más prediseñada y desbocada que la fundacional:
La Base, Altos Cumbieros, La Trucha, Re Piola, Eh!
Guacho, El Punga, SuperMerK2... “Salí a pelearla en
un momento muy difícil para la música que yo hago”,
asume este cantante de cumbia norteña de 19 años.
“Están todos en la moda de la cumbia villera. Yo no
me subí a ese caballito al que se suben muchos. Traté
de pelearla con lo mío.”
A los 12 años, Mendoza tocaba rock en bandas de barrio,
en especial covers de La Renga. A los 15 conoció al
dueño del legendario grupo Malagata (liderado en sus
comienzos por “El Maestro” Antonio Ríos), quien poco
tiempo después le propuso sumarse como vocalista.
“Fue difícil de llevar, porque Malagata siempre tuvo
cantantes mayores de edad, con mucha experiencia.
Y yo la única experiencia que tenía era el barrio:
tocar con los amigos, cantar en los cumpleaños, en
el corso, por el sánguche y la Coca, como quien dice.
Pero ahí aprendí muchas cosas: a manejarme arriba
del escenario, a ser un showman.”
A un par de cuadras de la escuela, sobre la calle
Polonia, el rancho de los Mendoza huele a ruda. Construida
debajo de un árbol que se cierne sobre un techo de
chapa acanalada, la casita tiene una puerta con tiras
de plástico y un equipo de música que alterna la radio
y el flamante segundo disco de Sebastián, Todo bien.
A través de un jardín de yuyos, el estrafalario Papirola
habla por teléfono inalámbrico moviendo los brazos.
Dos fanáticas del Seba –una de 13, de Lugano, y la
otra de 23, de Núñez– observan al ídolo desde la vereda,
suspirando y comentando algo cada vez que su culo
comete algún tipo de flexión. A la mayor le da pánico
hablarle, pero cree suplir esa tara con un escote
permisivo.
Mariela, la hermana del cumbiero, ceba mate debajo
de un alero de chapa y comenta que todos los días
hay chicas haciendo guardia del otro lado del cerco.
Pero la casa funciona a puertas abiertas. En la parte
de atrás del terreno se erige un galpón en el que
ensaya y duerme la banda durante las pocas horas muertas
que impone el vértigo bailantero del fin de semana.
En ese mismo lugar –decorado con fotos familiares,
figuritas religiosas y una bandera de Laferrère–,
Alfredo Mendoza, padre de Sebastián y compositor de
algunas de sus canciones, machacaba su rocanrol sureño
antes de que el pibe se convirtiera en astro de los
bailes del conurbano. “Sebastián se crió acá, rodeado
de música”, se enorgullece Alfredo, hombretón de melena
entrecana que exhuma cierto aplomo de cacique.
Cuando terminó lo de Malagata “por problemas contractuales”,
no pasó mucho tiempo hasta que Sebastián armó una
banda con su hermanito, un par de primos y amigos
del barrio. “Nos juntamos a tocar con instrumentos
prestados, con mi batería que estaba toda rota, de
la nada. Hasta que empezaron a surgir un par de propuestas
de diferentes productores y representantes”. Decidieron
tocar norteño y, por consejos de la oficina que los
contrató, lanzarse como el proyecto solista del cantante.
“Hay muchas bandas de barrio que eligen hacer norteño,
creo que es el estilo que elige el 70 u 80 por ciento
de las bandas de los barrios pobres”, calcula Sebastián.
Si fuera por el contexto social, él también tendría
“chapa” para hacer villera. “Yo vivo en un barrio
humilde y aprendí a caminar la calle con pibes más
grandes que yo. Pero no por eso voy a salir a gritar
que soy reloco. Si la gente me acepta, va a ser por
las historias de amor que cante. Hay algunos que cantan
cumbia villera y la van de rehumildes, y yo sé lo
que sale la ropa deportiva que usan, y por ahí tienen
puesta una luca en pilcha. Se contradicen en muchos
puntos.”
Las influencias de Mendoza se encuentran en grupos
como Sombras (en especial en la etapa de Daniel Agostini),
La Nueva Luna, los cachaqueros Mensajeros del Amor,
artistas que viven una ardorosa existencia paralela
al boom villero. El Seba es el emergente estelar de
una corriente que recupera los conceptos fundacionales
de la movida (dulzura rítmica, hedonismo suburbano,
ortodoxia musical norteña y santefesina) y cuyo efecto
exhibe algunos síntomas elocuentes. Pablo Lescano,
líder de Damas Gratis y cerebro de la cumbia villera,
reivindica desde hace tiempo las bases del género,
luego de haber sido uno de los principales mentores
de la cumbia “cachivacheada” con ritmos jamaiquinos.
Al mismo tiempo, el grupo La Retro se prepara para
lanzar su debut y explicitar cierta tendencia tradicionalista.
“De lo nuevo, hay muy poco que sea diferente”, observa
Sebastián, que supo ganarse el respeto de “la vagancia”
en un momento en que lo meloso no está del todo bien
visto. “Por vivir en un barrio pobre y escuchar cumbia
villera, no van a dejar de pasarte cosas del corazón.
A mí me tocó bailar con la más fea muchas veces. Toqué
en la noche de la cumbia villera con Damas Gratis,
Pibes Chorros, Metaguacha y en el medio, redesubicado,
Sebastián Mendoza. Y me recibieron diez puntos. Porque
con los pibes de la banda tratamos de no vender ninguna,
tiramos la que sentimos, que es tocar cumbia. Somos
los pibes que tocan norteño”.
Es viernes después de la medianoche y en el baile
Kory Huayra de Pompeya, epicentro de la colectividad
boliviana, el nombre de Mendoza relampaguea en neón
contra la marquesina que da a la avenida Sáenz. Es
el primer show del fin de semana y las chicas en la
pista se pelan la garganta. El ídolo se acomoda el
pelo cepillado, bate palmas y canta “Siempre” con
esa voz azucarada que vibra entre la astucia callejera
y el corazón dolido. El ritual comenzó más temprano,
en el rancho de Barrio Lindo. Todos los viernes, las
chicas de los fans club se congregan en la calle Polonia
para salir de caravana detrás de la combi.
“Van a todos lados, agitan y hacen las cosas que yo
no haría por nadie, si te digo la posta”, comenta
Sebastián, que termina de cantar media hora en Kory,
vestido de traje y zapatillas blancas, y se calza
un buzo canguro para fotografiarse en la trastienda
del boliche junto a las decenas de chicas que quieren
un retrato con él. Muchas de ellas van a estar en
todos los bailes de la noche, prendidas en la gira
hasta que el sol aplane el perfil del suburbio. “Así
como salen del último baile, se toman el bondi, se
van sin dormir a hacer la cola a la puerta del canal
(América) y aguantan toda la tarde hasta las ocho,
que tocamos nosotros. Así como salen, van a sus casas,
se bañan y vuelven a mi casa para salir en la gira
del sábado. Otra vez toda la noche.”
A la salida de Kory, dos pibas dirimen a golpes un
conflicto de vaqueros. Sebastián se mete en la combi
y los asistentes alientan el despegue de la primera
madrugada. Será un viaje a 140 kilómetros por hora
en sostenida dirección sur: Temperley, Florencio Varela
y Quilmes. Más vértigo, más humedad, más romance.
“Para mí esto sigue siendo una fantasía, un sueño”,
había dicho Sebastián, hundiendo la cabeza entre los
hombros. “Es una fábula que vivo día a día. Y llega
el lunes y estoy de nuevo en mi casa, con mi vieja,
en el mismo barrio donde nací y donde quiero vivir
para siempre.
La
indumentaria de los cumbieros es un factor casi tan
decisivo como el carisma escénico. Sin embargo, la
producción es a veces menos meditada de lo que se
supone. En la movida tropical existe la figura del
“dueño” del grupo: la persona que define todos los
aspectos del negocio, incluyendo el vestuario. En
un ambiente de uniformidad estética (excepto en casos
como el tropi-rockabilly Pocho la Pantera, el canon
era larga cabellera espumosa, ambo y toques de color),
la cumbia villera revirtió la moda e impuso el look
de la ropa deportiva, muy a la manera del hip hop
yanqui (jeans, remeras anchas). Gonzalo Ferrer, líder
de Amar Azul y productor de Guachín (cumbia protovillera
de base colombiana y bombo tribunero), decidió que
sus muchachos debían lucir como barras bravas. “Corte
cancha”, resume Ferrer. “Remeras de fútbol, medio
rotosos, que representaran los gustos de los pibes
que van a verlos: fútbol, cumbia y escabio. En su
momento (1997) fue muy cuestionado. Es más, en la
televisión no los querían dejar tocar. Ahora ponés
América y están todos vestidos así.” La apariencia,
desde entonces, empezó a dar señales distintivas entre
la villera y la romántica. En el tiempo en que cantaba
en Malagata, Sebastián Mendoza vestía traje y zapatillas
Topper blancas, “por una cuestión de comodidad y estilo”.
Sin proponérselo, se convertía en una versión bonaerense
de la estrellas del retro-rock neoyorquino, The Strokes,
que con sus sacos de feria americana y sus All Stars
gastadas dictaron la moda rockera de los últimos años.
Ahora Sebastián reemplazó las Topper por un par de
Nike, pero el look de los cumbieros es tan característico
y de algún modo inmutable que, sábados atrás, cuando
salió a cantar en televisión con zapatos, el suplemento
tropical de Crónica publicó que el pibe había abandonado
las zapatillas por directiva de quienes lo manejan.
“Por eso al sábado siguiente –cuenta el cantante–
las lustré bien y salí a cantar con las zapatillas
bien blancas.” |