|
Jimena
Fernández, de ayer a hoy
Nació
en Chivilcoy, un 22 de noviembre de 1976. Es la hija
del medio de una familia compuesta por tres hijos, una
mamá docente y un papá empleado. La única
influencia artística que tuvo fue la de un abuelo,
actor y director, reconocido en toda la provincia de
Buenos Aires.
Jimena
se destacó desde chica por sus habilidades y
aptitudes para con el canto. Una maestra del jardín
de infantes, sorprendida por sus dotes musicales,
recomendó a sus padres iniciarla en la formación
musical. A los 6 años empezó a estudiar
guitarra en la “Academia Delia Monza”.
Por
ese entonces creía que la guitarra era el instrumento
ideal para acompañar su voz. Entre actos escolares,
escenario en el que brillaban sus interpretaciones de
clásicos del folklore y de música nacional, y una
avidez por aprender que la llevó a dominar la lectura
de forma prematura y que le sirvió para aprender más
y más canciones, Jimena crecía en formación
musical. Esas aptitudes convencieron a sus maestros de
que tenía que seguir la carrera en el Conservatorio
Provincial de música “Alberto Williams” de
Chivilcoy y a los 9 años, después de cuatro años en
la academia y de repetir la ceremonia de llegar
temprano para ver practicar a los alumnos más grandes
y aprender lecciones mas avanzadas, Jimena ingresó al
profesorado de instrumento.
Entonces
se sucedieron años de perfeccionamiento en guitarra
clásica y española, de interpretaciones
complejas y de amplias cargas horarias que consumieron
el tiempo, aplacaron las vivencias de cualquier chica
de su edad y acabaron con ese arte simple atribuido a
las seis cuerdas de estar al servicio de acompañarla.
Y Jimena asumió ese desafío con seriedad y
responsabilidad. Pero siempre con la conciencia
intacta que la condujo después a romper la rutina de
lo que resultaba esperable para ella. De esas épocas
incorporó la costumbre de retener los momentos y
convertirlos en palabras.
El
Conservatorio fue el puntapié de su exitosa carrera
musical en Chivilcoy. Allí conoció a una tecladista
llamada Margarita Stadelman, a quien escuchaba tocar
en cada presentación en el conservatorio. En septiembre
de 1992, cuando Jimena tenía 15 años, las dos se
juntaron para interpretar un par de canciones en un
festejo del día del estudiante. Y es entonces cuando
surge la idea de preparar un espectáculo y llevarlo
al teatro. Formaron
una banda, incorporando a un bajista, un baterista y
un guitarrista del conservatorio, y el 8 de noviembre
de 1992 Jimena debutó en “La agrupación artística
de Chivilcoy” con el show “Música entre amigos”
que incluía 12 temas
de cantautoras melódicas de la época como Silvina
Garré, Marilina Ross, Celeste Carballo, Sandra
Mihanovich y Eladia Bláquez. Entonces todo se desató.
Enseguida
empezaron a tocar en pubs los fines de semana. Pronto,
a las presentaciones en vivo todos los fines de semana
en Chivilcoy, se sumaron los pueblos de los
alrededores. Y de la mano de Jimena se inauguró un
circuito de música en vivo en los pubs y confiterías
de la ciudad que contribuyó a profesionalizar la
carrera de músicos y bandas locales. Para ese
entonces, el éxito de Jimena Fernández se traducía
en los primeros fans y en los primeros “mangos”
por tocar.
A
los 18 años, después de tanto de trabajo y esfuerzo
se mudó a Buenos Aires. Le puso el pecho a una
carrera universitaria que unía lo musical y lo
expresivo con otros intereses: la musicoterapia. Y dejó
su propia música durmiendo en el cajón de los sueños
de algún día. Cambiaron las prioridades, al poco
tiempo dejó de cantar y declaró clausurada la etapa
de covers y presentaciones.
Mientras
estudió, trabajó como profesora de guitarra y dio
clases en la facultad. Después de recibida se dedicó
a trabajar como musicoterapeuta, y a vivir
experiencias musicales distintas a las ya conocidas,
determinadas por su necesidad de experimentar haciendo
música con otros. Paralelamente surgía desde su
interior que ya era hora de hacer su propio camino.
Como
defensora oficial de sus mas íntimos deseos y juez
natural de las injusticias humanas se rebeló ante la
tradición y pagó el costo de la independencia. Y
conoció la soledad. Se sumió en un período en el
que cerró todas las puertas, en un período de
introspección que la ayudó a redescubrirse. Toda esa
etapa la fortaleció y le permitió empezar de cero.
Entonces
empezó a escribir. Su primera canción, Muerte
lenta, inauguró el proceso de puertas
abiertas, etapa que hoy le da nombre a su debut
discográfico. Esas canciones eran el reflejo de cada
paso, incluso de los que aún no había dado.
En
ese descubrir quién era, qué quería y hacia dónde
iba nacieron temas como Quiero vivir para amarte,
el primer corte del disco que dice: “Del pasado no
guardo rencor, pero siempre llevará el color de mis
ruinas. De lo que el viento se llevó, recuperé la
fuerza y mi voz, que me habla, que me grita: no, no me
arrepiento de haber vivido, si es que ahora puedo
contar, contar conmigo...”
En
el proceso de creación se nutrió de la explosión
sensorial de sus pacientes. y del crecimiento
acelerado de sus alumnos, y el aumento de su capacidad
de comunicación y de su sensibilidad acrecentó su
deseo de
buscar un lugar de expresión propio. Grabó un demo
con cuatro canciones que incluía Quiero vivir
para amarte y se propuso recuperar el
escenario como testigo de su libertad. Transitando el
camino para materializar su objetivo, de manera
natural y siendo fiel a si misma.
|